Supongamos que aquí no ha pasado nada. Que las retenciones
permanecían en el nivel del 10 de marzo: 35% para la soja, 27% para
el maíz, 28% para el trigo. El campo ya había digerido el mal trago
de la suba del 30% decidida en noviembre pasado, última medida
económica del entonces presidente Néstor Kirchner, que tuvo el
objetivo de dejarle un buen colchón a su sucesora.
En realidad, en aquel momento hubo un amague de protesta, que se
diluyó porque los precios internacionales dieron un brusco salto. Y
además, los chacareros estaban muy ocupados con la siembra.
Pero ya se advertía que por mejor que fuera la perspectiva externa,
en las pampas el horno no estaba para bollos. Entregarle al Gobierno
uno de cada tres camiones de soja era claramente el límite. No tanto
por lo que significaba en dinero (una fortuna tanto para los
productores como para el Gobierno), sino como una cuestión conceptual.
No había sido un año climático bueno. Las heladas habían castigado al
trigo y al maíz recién sembrado. Después, durante el verano, las
lluvias fueron desparejas y muchas chacras sufrieron pérdidas severas
de rendimiento. Los insumos habían subido mucho. Pero igual, el 10 de
marzo se preveía un cosechón de soja y un rinde razonable, aunque muy
variable, para el maíz.
En ese momento, el ministro de Economía Martín Lousteau, convence al
Gobierno de que había que subir las retenciones otro 25%. Su equipo
había advertido que los precios internacionales seguían en alza, y
que sería fácil capturar la renta adicional originada en esta
bonanza. Error de cálculo. Explotó la bronca en el campo. El resto...
está ocurriendo. El costo es enorme.
El año pasado, el Gobierno recaudó algo más 5.000 millones de dólares
por retenciones agrícolas. Con la suba de la alícuota de diciembre,
más la mejora de los precios internacionales, en el 2008 iba a
superar fácilmente los 10.000 millones.
El doble. ¿No alcanzaba?
No, no alcanzaba. Y fueron por uno de cada dos camiones de soja. Y
uno de cada tres de maíz, otro exabrupto porque el Gobierno dice que
quiere fomentarlo. Ambos, puestos en el puerto, con el flete pagado
por el productor.
Ahora la Presidenta dijo que con el aumento de las retenciones se va
a crear un fondo para hacer hospitales, viviendas y caminos. Un fin
indiscutible. Pero sigamos suponiendo: ¿qué hubiera pasado si no
pergeñaba la Resolución 125, que implementó las retenciones móviles?
La respuesta estuvo en Expoagro, justo antes de la tristemente
célebre disposición. Euforia productivista, miles de productores
comprando tractores, fumigadoras, sembradoras y cosechadoras.
Significaba expansión sostenida a largo plazo, porque son bienes de
capital durables. Aseguraban la continuidad del ciclo de crecimiento
de la agricultura. Aleccionados por la convicción de que los altos
precios llegaron para quedarse. Allí estaban también los semilleros
con sus nuevos materiales, que prometen rindes cada vez mayores.
El Gobierno estaría comprando dólares, de a 500 millones por día, y
no vendiendo de a 200. Sólo estaríamos esperando que llueva, para
sembrar la que podría ser la mayor campaña de la historia. La
necesita el país, y el mundo espera por ella.

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